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domingo, 29 de noviembre de 2015

Prisión

Una vez más, en una abrumadora sensación, me asalta al despertar el inexorable paso del tiempo, y el saber que, con él, dejé marchar los ocho años que debieran haber sido los mejores de mi vida: aquellos en los que una se supone debe estar en su mejor momento.

Y sin embargo aquí estoy, encerrada en cuerpo extraño, que no corresponde a la persona en sus adentros y que, por más que intente corregir su forma, nunca podrá lograrlo, al no ser capaz de encoger sus huesos. 

A este cuerpo lo acompaña un peinado digno del estereotipo de lesbiana obesa, "demasiado masculina", típico en películas y series, resultado a partir de que quienes en teoría me apoyan, e insisten en entender mi situación, no permiten que lo deje crecer más.

Así me siento: sin ropa, sin pelo, y sin un cuerpo que pudiera acompañarlos. La mayoría lo asumen como algo elegido, que deseo por capricho, y que puedo desechar cuando quiera. Otros insisten en que la joven refugiada en mi cuerpo no es sino un mal huésped, un parásito que no debería estar ahí, que no forma parte de mi ser, y que amenaza con robarme el puesto, con sustituirme y suplantarme de la más vil manera.

Todos a mi alrededor amenazan con quitarme algo si oso dar un paso al frente. A veces me pregunto si en verdad tienen algo más que quitarme, si no es un par de billetes o un techo bajo el que dormir. A veces me pregunto si estos supuestos privilegios merecen la pena. A veces, simplemente, pensar en todo esto me supera.

Puedo verme en un par de años, sola, sin saber dónde ir o a quién acudir, llena de rencor hacia el mundo que me vio nacer veintitantos años tarde. Habré dejado tanta ropa por vestir, tantos peinados por probar, y tantos halagos por recibir, que nunca podría tenerlos a tiempo.

Quizás me quedasen un par de años buenos, si jugué bien mis cartas, siendo consciente de que no sé jugar. Después no seré sino una ruina quebrada, una anciana arrugada que no tuvo tiempo a vivir. Y ni siquiera me dirán aquello de que sólo tengo la belleza, y que sin ella nada soy, porque nunca habré tenido la oportunidad de tenerla.

Ese debería ser mi epitafio: ''Murió como nació: Gorda, calva, fea, y siendo difícil distinguir su sexo.''

martes, 29 de septiembre de 2015

La dama que confiaba demasiado

Así nos conocimos. Como un caballero y una sacerdotisa que aún no sabían lo que era vivir. Y aunque el mundo era inmenso, confuso y oscuro, en seguida se volvió pequeño bajo nuestros pies, y la antorcha que les daba luz.

Cada noche, la dama se escapaba de su torre para verme, para vernos, y me contaba que la vida allí era fría, sombría y solitaria. Contaba que allí nadie se preocupaba por ella, y que desde su cuarto se podían oír, cada día, cada noche, voces gritando en la oscuridad. Me contaba que cada noche tenía que volver allí, y que temía el día en que la viesen salir.

Y aunque la dama vestía de negro, no conocí alma más pura. Tenía unos ojos preciosos, y una mirada apagada; un corazón que latía, rodeado de escarcha; y un alma de luz, envuelta en penumbra. Y aún confiaba en la luz del mañana, y en que podría vivir para verla; confiaba en que estaba allí, esperando su llegada; y en que todo el dolor habría merecido la pena a su llegar. 

Soñaba con salir de la torre, y encontrar su lugar en el mundo. Soñaba con una mano que la apartase del abismo, y la llevase a recorrer ese mundo. Confiaba en que aquella mano fuese la mía, y yo, idiota de mi, le prometí aquella vida que merecía tener. Entonces le di mi mano y le juré, me juré a mi mismo, que la haría realidad.

Pero no en todos los cuentos acaban felices y comiendo perdices. Cada día, podía ver cómo se apagaba su alma, cómo se helaba su corazón, y como sus ojos perdían el color hasta ser de tono gris. Por las noches ella lloraba, queriendo huir, escapar de la torre; sin importar cómo, sin importar a dónde ir. Y yo, le pedía que esperase, le pedía que sufriera; hasta poder darle la vida que, muy en el fondo, sabía que nunca tendría.

Y ella aguantó, como la llama de una vela en mitad un vendaval. Y luchó tanto que se quemó, se consumió; y su luz se volvió fría, tenue, hasta no ser capaz de alumbrar más allá del interior de su ser. Y yo, ya no pude soportarlo más. Le pedí a mi rey y a mi reino un palacio para ella; sin pararme a pensar que mi reino era quizás tanto o más oscuro, frío y corrupto que su torre.

Pinté aquel palacio de blanco, pedí que todos vistieran con máscaras, y jamás le conté la verdad. Y es que yo me consumía, me apagaba, me enfriaba; y era ella en verdad quien me salvaba a mi de morir congelado, sosteniendo mi mano para evitar que cayera al abismo. Y, como buen egoísta, la dejé vivir la mentira, sin pensar un sólo día en el mañana.

Y ella creció, y por fin sonreía. La luz en sus ojos era más fuerte que nunca, y el calor que irradiaba paliaba el dolor de mi ser. En verdad llegamos a pensar que todo había merecido la pena, que duraría eternamente, y que estábamos a un paso de tomar el mundo para nosotros solos. 

Pero entonces llegó la guerra, se rompieron las máscaras y cayó la oscuridad; y callamos los dos, como creyendo que el más simple ruido rompería la misma realidad. Y el palacio se convirtió en otra torre, llena de refugiados, miedo, dolor, y más voces gritando en la sombra. La dama volvía a llorar por las noches, y toda ella se heló, como nunca lo había hecho antes.

Entonces, simplemente, se apagó; y con el tiempo escapó, huyó del palacio para volver a su torre, pues no tenía otro lugar dónde ir. Y aunque pese a todo ella aún se esmeraba en que yo no me apagase, nunca más confió en mi ni en la luz del mañana. Y aunque aún le prometía y le juraba que la haría feliz, que le daría aquella vida que soñaba, y que su luz volvería a brillar... nunca más confié de verdad, en ser capaz de lograrlo.

Y ella aún espera, en su torre, como espero yo en la mía, sin saber si existirá un mañana para ambos, ni si estaremos juntos entonces; esperando a que llegue la mano del otro para llevarnos, para guiarnos, y no soltarnos jamás.

jueves, 13 de agosto de 2015

Desde el olvido

Los poemas, los escritos, ¿Dónde están?
¿Dónde quedó la inspiración que supongo he de encontrar...?
Creo que murió hace ya tiempo, no sé.
Me calentó alguna noche, desde el fuego de mi hogar.
Una llama tan pura y tan bella como el precio a pagar.

Siento las notas de un piano distante.

Me pide que hable, que grite, que cante.
De veras, lo intento, pero olvidé cómo hacerlo.
Tomo un aliento que duele, que arde,
buscando en penumbra intentando encontrarme.

Y encuentro quebrada y débil mi voz.

La noto oxidada, como un eco atroz.
Y es que es como llamar a un extraño de ''tú'',
como creyendo que el viento no merece el ''usted'',
obligándome a verla morir, como una sombra ante luz.

Y es que el violín nunca sana las heridas.

Quizás no se escucha, quizás desafina,
o quizás es tan sólo que no sé tocarlo.
¿Por qué uno se empeña en mostrar su sonrisa,
si sus lágrimas son sustituto de tinta?

sábado, 4 de abril de 2015

En memoria de

Aquí descansan las pocas cenizas que pude conservar de mi cordura, quemada por el paso de los años, los días, los segundos. Tornada polvo y sentenciada a perderse en el viento, la tierra y el mar.

Se condenó a sí misma por no querer mirarse al espejo, por esperar de cada mente una predisposición al orden, la lógica y el bien hacia el ajeno; por no querer aceptar su propio error.

Sea este su juicio, su veredicto y su verdad. Quede aquí su testimonio, su historia y su recuerdo. Que descanse todo cuanto no pudo en vida.

Aquellos orgullosos de ser el fuego ejecutor, sabed que la llama nunca se sacia, nunca se apaga, nunca muere. No distingue aliados de enemigos, no conoce bien ni mal. Un día querrá consumiros, y entonces sabréis que vuestro mundo acabará con fuego.

Aquellos que alguna vez intentasen sofocarlo, deben saber que no lo consiguieron. Nadie puede, nada puede. Que aquestas palabras les otorguen consuelo y el saber que hicieron lo correcto, pese a ser un acto fútil. Ella no podía ser salvada; ya no.

Pasó los años acurrucada en sí misma, enrocada y con miedo al exterior. A veces miraba, asustada, a través de los huecos entre los dedos de sus manos. Entonces le acosaban pesadillas durante días, noches, meses.

Cada poco tiempo sentía latigazos, que venían de allí donde no quería volver a mirar. Sabía que sangraba, sabía que dolía, que moría; pero no sabía, ni quería saber por qué.

Se preguntaba, sin embargo, por qué nadie estaba allí para cuidarla y protegerla. Pensaba que quizás nadie podía, que quizás el caos y la locura de más allá de sus manos eran infinitas, invencibles.

Creció con la mente de una niña, asustada del mundo. Asustada de cuánto le aterraba el mundo, asustada de ser débil, y más aún de saber que lo era.

Cometió demasiados errores, la mayoría por no ser consciente, ni tener intención de serlo. Tanto se había ofuscado que no pudo ver en qué se había convertido.

Tardaría años en ver su reflejo, y para entonces apenas había ya nada que ver. No pudo soportarlo. Todo su mundo, su realidad, se desmoronaba ante sus ojos.

No podía, no quería acabar así. Ella sería quien cambiase las tornas. No habría más torturas a su alrededor. No habría más dolor. No más fuego. No más oscuridad. Pero nunca pudo cumplirlo.

Sabía que moría, sabía por qué, pero no quería reconocerlo; no podía reconocerlo. Y sabía que aquello la estaba matando. Lenta, silenciosamente. Año tras año, día tras día.

No podía ser. Cuanto más se esmeraba, más rápido ardía. No lograba entender que no había otra senda hacia el orden, si no era la misma sombra del fuego.

Demasiado tarde pudo darse cuenta del caos que le rodeaba, y de que este nunca iba a ceder, nunca iba a morir. Tardó demasiado en saber que ya era parte de él.

Aquello sería cuando una niña asustada apartase la vista de sus ojos, por ser incapaz de mirarle. Sólo entonces soltaría sus hombros y la dejaría llorar, para nunca más volverla a ver.

Era incapaz de saber cuánto daño había hecho con los años, cuánto había hecho arder y a cuántos había quemado. De hecho, ya no estaba segura de nada.

Sus memorias se habían vuelto confusas, borrosas, obscuras. Se habían entrelazado con sus sueños, sus miedos, sus recuerdos y el futuro que aún estaba por llegar. Era incapaz de discernir la realidad de la demencia.

Pero aún tenía esperanza. Creía que, si sabía que se estaba consumiendo, se debía a que aún era consciente. Craso error. No tardó en darse cuenta de que, si ya no distinguía la realidad, no podía saber si sabía que moría.

Pasaba horas frente al espejo, intentando ver si aún se consumía; pero no veía nada. Pasaba días intentando ser cordura, desesperada por no poder controlarse más; temiendo volverse caos.

Con el tiempo perdió la voz, perdió su léxico, perdió la razón. Y lo que más la torturaba era saberlo, sin saber si en verdad lo sabía. No podía dormir, no podía pensar.

Demenciada, trataba de recomponer su maltrecha forma con las cenizas que dejaba tras de sí. Esperaba poder juntar suficientes como para volver a luchar, para volver a vivir; pero nunca lo logró.

Sabía que su única posibilidad era huir, escapar de la llama, escapar de sí misma; pero ya no podía, ya no. Sus últimos suspiros los pasó acurrucada en sí misma, mirando al espejo, a través de los huecos entre los dedos de sus manos.

martes, 29 de abril de 2014

Recuerdo rojizo

Dime, ¿Lo recuerdas?
¿La sangre por el suelo,
el rojo de los cielos
y olor a carne muerta?

¿Recuerdas el fuego
abrasando las almas,
consumiento la carne,
quemando los cuerpos?

¿Recuerdas los chillidos,
la sombra de la noche?
¿A los niños del coche?
¿Los eternos quejidos?

¿Recuerdas el crepitar
de madera quemando?
¿La sangre goteando
encaminándose al mar?

Luna llena en el cielo,
sin nubes ni una estrella.
Se escondían de la eterna
tortura del recuerdo.

Al mirar a la luna
sé que aún lo recuerda.
Cada vez que lo piensa
se ve roja y oscura.

Jamás

Tantas noches, y mañanas,
sofocantes, tan heladas...
Olvidadas las caricias
por querer sin la pericia
necesaria para amar.

Las canciones, los sonetos,
el rozar del viento quieto,
y el momento en que susurros
fueron dulces, claros, puros,
y no un llanto gutural.

No fue honor, no fue paciencia,
fue más bien por dependencia.
No fue luz, no fue penumbra;
fue por ver un aura obscura
que arrastraba tu alma al mar.

Y si tiempo no me queda
para ver sanar tus penas,
que deidad cualquiera escuche
la oración que ahora me urge,
para no dejarte atrás.

martes, 18 de junio de 2013

Espejismo de mentira

Un lamento de no-vida,
una voz no socorrida,
la llamada no atendida,
la figura incomprendida
y el delirio de mentira
donde fue encerrado un día.

Tuvo aquel que comprender
que no habría de volver.
Fue un continuo decaer
hasta al gran pozo caer.
Nunca más supo quién fue,
nunca más sabrá quién es.

Y es que aquel ya lo sabía,
y aún así gastó su vida
persiguiendo ilusionistas
que en verdad no le querían.
Qué ilusión, le sonreían...
Qué ilusión, no duraría...

¿Qué podría aquel hacer?
Si es que no quería ver...
Más feliz le hacía el creer,
sin siquiera comprender.
Y es que no aguantó este ser...
desengaño a tal nivel.

lunes, 29 de abril de 2013

Dulce hogar

Alojado ya en mi mismo,
alocado y en mi sino
descuartizo mi destino,
es abyecto mi camino.

¡No, esperen! ¡No me lleven!
¡Tengo cosas por hacer!
¡No me escuchan, no me entienden!
¡Mi razón no quieren ver!

Arrojado, y perdido.
No me mira, no le miro.
Viaja bien, querido amigo,
viaja bien, que yo no olvido.

Desollando su buen cuero,
desmembrando su buen cuerpo;
sus marfiles y sus huesos,
y sus órganos ya muertos.

Van de blanco ¡Me traen algo!
¡Qué camisa, qué regalo!
¡Limusina! ¡Yo encantado!
A mi nuevo hogar llevado.

Me despido, vieja amiga,
¡Que tu muerte da mi vida!
Sanidad que uno asesina,
por demencia bienvenida.

Escuadra y cartabón

Se acerca la recta
no encuentro la vista.
Mis pies en el plano
frontal de mi vida.

Arista del filo
que línea no corta.
Buscad el destino
buscando la cota.

Que no te amedrente
no ver el diedro,
no vayas tangente,
derecho al infierno.

Se agota mi tiempo,
no hay más paralelas.
Recuerda el recuerdo
si no salgo de esta.

Parábola rota,
que no continúa;
enlaces que trocan
mi esfera de vida.

Espiral en aumento
de risas y llantos.
No vi bien el centro,
ya lo he dibujado.

¡Y ahora lo veo,
en lugar exacto!
Me encuentro en el centro
de todos mis actos.

Verso muerto

Diome vida la poesía
cuando yo ya perecía.
Diome un alma
empero rota.
Busco agora
dulce gota
que no colma
ni desborda.
Digo ¡Pardiez!
por no poder veros.
¡Digo menciones
a dioses ajenos!
Alargo la mano,
¡Y pido consuelo!,
mas ya desespero,
y espero el encuentro.
¡Dame la vida,
princesa engreída!
¡Dame tus labios
morados, sin vida!

Intentarlo pese a todo

Vi en mi mente
toda muerte
que pudiera
sucederme,

vi en sus ojos
los sonrojos
que calmaran
mis sollozos,

vi en espejos
mil reflejos
de aquel rostro
que deseo,

vi en sus cantos
triste ensayo
que arrastrara
llanto amargo.

Vi el peligro;
y, vencido,
le agradezco
lo vivido.

3er premio del concurso de Poesía de la Universidad Laboral de Gijón (Bachiller).

jueves, 10 de enero de 2013

Cuerpo y alma

Ríe el cuerpo
y llora el alma,
y en recuerdos
veo mi calma.
Ojos veo,
que no aman.
Ojos ciegos,
no ven nada.
Con el tiempo
ya se apagan,
pues su infierno
los reclama.
De do' vengo
sólo hay llamas
de amor negro,
que desgarra.
Donde el cuerdo
todo paga
con su cuerpo,
con su alma.
Suele el miedo
ser el arma
que usa el viento
que amenaza
cuando tengo
dudas claras.
Y ahora el dueño
ya no calla.
Y ahora el fuego
se levanta.
Nada temo.
Nada falta;
salvo excepto
dulce amada.
El trayecto
salvaguarda
este cuerpo
ya sin alma.

domingo, 14 de octubre de 2012

El cementerio

Cae ya la noche,
la Luna en el cielo,
y en el horizonte
se ve el firmamento.

Y se oye un quejido
y se abren las criptas
y los seres queridos
vuelven a la vida.

Ando en cementerio
do calma no existe.
Y andando lo observo,
no hay plaza más triste.

Alzados los cuerpos,
eterna tortura.
Se funden los muertos
en queja confusa.

Cada pena es un grito
reprimido en su vida.
Por tortura un gemido
de un alma vencida.

Andando entre muertos
no encuentro el alivio.
Mis sueños expreso
ante este gentío.

Veo entre las sombras,
me alumbra la llama.
Mas pena me ahoga,
no encuentro la calma.

Cada muerto un sentimiento
que jamás debí sentir.
Cada cripta es un momento
que jamás quise vivir.

Camino entre ruinas
para saber qué ocurrió.
Tantas tumbas, infinitas...
cuán oscuro es mi interior.

Vago roto, camino,
sin saber a dónde voy.
Hace tanto, tanto frío...
ya no se ni dónde estoy.

Gran alivio al escapar
del oscuro camposanto.
No he de recordar más ya.
Como soy seré mostrado.

Miro al frente, rostro serio.
Nadie debe ver mi infierno.

lunes, 8 de octubre de 2012

El conde

Pérfidas palabras,
doble filo a blandir.
Fino el tajo que lanza,
y sangra hasta morir.

Despierta sola en el suelo,
pues no sabe qué ocurrió.
Mira la sala, gira el cuello...
sólo se oye su canción.

Cerradas las ventanas,
salvo el balcón.
La puerta atrancada,
no hay ya solución.

Sangrante aquel corte,
lágrima de dolor.
''¿Dónde se halla mi conde?
¿Acaso me abandonó?''

Sólo el eco responde,
nadie en la habitación.
Gélida brisa recorre
la sala, sin dirección.

Llora la dama ríendo,
arrodillada, sin fuerzas.
Mas ya no está frío el suelo,
pues lo calienta su esencia.

Se acurruca en si misma,
tiembla de miedo.
La sala vacía,
mas la siguen viendo.

Oscuras palabras,
doble filo a blandir.
Tanto muerte regalan,
como te ven morir...

Se hirguió la dama,
mirando hacia el balcón.
andaba despacio, asustada...
escuchando su canción.

Dio ella un paso al vacío,
sonriente pese a todo.
Se oía de fondo el gentío,
observando un cuerpo roto.

Mientras la dama caía,
lloraba cada pena.
Todo lo sufrido en vida,
se fue como viniera.

''¿Por qué diría yo ''Te quiero''?''
''Le quise sólo para mi...''
Era su último recuerdo,
una estocada sin fin.

Se calmaba la sala,
tras el trágico suceso.
El conde limpiaba su espada,
y el cuerpo yacía en el suelo.

La dama miraba a la nada,
por haber defendido su amor.
La condesa lloraba
por la larga discusión.

La dama mira de nuevo,
ya por última vez...
Vacía la sala a su aprecio,
sus ojos reales no ven.

Única luz

Alumbraba la noche en silencio
observando sin hablar.
¡Oh, farola solitaria!
Que das luz a mi andar.

Tú que compartes tu luz
con aquellos en tu sombra.
Tú que iluminas la noche
mientras pasan las horas.

A ti te debo tanto,
fiel amiga en depresiones.
Juntos, solos en penumbra
entonábamos canciones.

Tanto he visto yo a tu lado,
tanto has visto tú de mi...
Venga quien venga a verte
tu luz compartes aquí.

Bajo tu brillo he compartido:
Besos, sonrisas, abrazos...
Alumbraste a un yo perdido...
entre lágrimas y llantos.

Siempre fiel compañera,
entre penas y alegrías.
Mi única y fiel amiga:
Te debo, mi vida.

domingo, 15 de julio de 2012

Dama en las sombras

Era oscura y fría noche
cuan la dama apareció.
Anónima, solitaria,
se acercó y me preguntó.

Bellas palabras,
duras preguntas.
No supe qué decir.
La sombra la busca.

Vino a por ella la noche,
pero nunca se rindió.
Ojos abiertos, mente en pie.
No se la llevó.

Me preguntaba yo,
¿Quién era la dama?
¿Por qué estaba allí?
¿Por qué me observaba?

Eterna oscuridad,
allí estaba la dama.
¿Qué buscaba ella?
Esperaba y esperaba...

Y aquí me hallo,
relatando su historia.
Ni la conocía,
Mas está en mi memoria.

Gran valor se tiene,
al vivir en la sombra.
En mundo dó la gente,
se esconde en falsa gloria.

Ver a los fantasmas,
maldades del mundo,
no inmutarse a su paso;
Entonar un Requiem puro.

¡Ver a la llama pasar,
mientras arde la muerte,
mientras arde la vida!
Se terminó su suerte.

Y la dama observa,
arropada en penumbra.
El mundo decae,
mientras ella pregunta.

Hablaba conmigo,
en aquel oscuro lugar
donde pasámos la noche.
Mundo se hace llamar.

viernes, 1 de junio de 2012

Recuerdo infernal

De entre sombras,
sombras rotas,
traigo rosas,
rosas rojas,
para loba,
loba sola,
que maldijo
mi destino.

Entre flores
las espinas
y entre espinas
los dolores
y en dolores
las mentiras
que contaste
por dejarme.

Gran embuste
cual contases.
Me dejaste,
no te burles.
Poder luces,
lo buscaste,
lo adoraste,
no lo ocultes.

¿Serás tu mi
perdición
de razón
y no lo ví?
Lo sentí,
maldición,
tu canción
al morir.

Dime ahora,
ahora mismo,
si eres loba
mi destino.
Dime ahora,
tú, mi sino,
si en mi hora
caes conmigo.

Desenfundo,
filo en mano,
filo adusto,
filo amargo.
Y lo empuño,
y te bramo.
Soy verdugo,
soy tu amado.

Junto a hojas,
hojas rojas,
lanzo frases,
frases dañen
a la loba
con verdades
de la historia
que ella odia.

¡Con tus frases
pido marches,
marches lejos
de este suelo!
¡Marcha presto,
presto ruego,
del averno
de mis sueños!

¡Te destierro
de mi infierno!
No te entiendo
y aún te quiero...
Dame tiempo,
tiempo quiero...
Quiero verlo,
ver qué encierro...

¿Desterrarme?
Qué descaro.
Recordarme
no es mi fallo.
Muerte darte,
tal mi encargo.
Dulce Nessrah,
rota Kieldaz.

viernes, 18 de mayo de 2012

Discordia

Y te encuentro aquí delante,
observando mi semblante,
sin que yo pueda mirarte
por temor a derrumbarme,
en el mar que tú creaste
con tan solo desterrarme
de las tierras que soñase
sin pensar en lo que pase
porque ya muerto me hallaste.

Y me observas entre duda
con mirada que aún perdura,
en mi mente tan corrupta...
Alimentas mi locura
con tu odio, tu ternura,
tu maltrato a mi cordura.
Y hasta el día en que resurja,
que mi alma mire muda
con una mirada oscura.

Mantendré mi alma callada,
aún si gritos me desgarran,
pues mi mente está ofuscada
por tu sola y simple falta.
Baja el filo de la espada
que han creado tus palabras,
y que cada vez que hablas
esta está más afilada.
Déjame gritar en calma.

Tú me llevas a un lugar
donde nunca me han de hallar,
donde al fin puedo volar
sin temer lo que encontrar
ni pensar en mi pesar.
Furia e ira a desatar,
mi alma aún por entregar.
Nada temo, ya no más,
en mi abismo de maldad.

Bulle en rabia mi garganta,
es mi sangre y es savia,
mientras todo el mundo cambia
por mi vista despreciada.
Y seré por siempre un paria,
pero no un alma ordinaria.
Es oscura mi plegaria:
que no siga solitaria,
en mi abismo de desgracia.

Y me miras aún, reflejo
mientras ríes con despecho.
¡Di, demonio! ¡¿Qué te he hecho?!
¡¿Ni a gritar tengo derecho?!
¡¿Por qué esperas al acecho
a que me mire en el espejo?!
¡No me mires, yo no puedo!
¡Ve a la sombra con mis miedos!
¡Déjame vivir mi infierno...!

miércoles, 25 de abril de 2012

Bendita Locura

¡Bendita Locura
que recorre mi mente!
Será mi tortura
y a la vez mi suerte.

Intento retenerla,
¡Lo juro!
Mas vence en contienda,
¡No huyo!

Si no me controlase
¿Qué haría yo sin ella?
¿Ser vencido y relajarme?
¡¿Vivir cual alma en pena?!

La abrazo con fuerza...
¡Oh, ser impuro!
¡Que guíe mis sentencias
a objetivo seguro!

Guía mis andares
entre sendas oscuras.
Muéstrame los lares
que mis llamas consuman.

Si ella me lleva,
yo en pie perdudo.
Mi mente se entrega
y yo callo mudo.